Rodolfo Saldivia Lillo, abogado.

Esta columna habla desde la urgencia, la urgencia de una reforma institucional en serio. Pero para ello bien viene profundizar en lo que ha sido nuestra historia, desde la dictadura de Pinochet a nuestros días. Desde el retorno a la democracia, con el traspaso de banda del dictador a un converso Aylwin, a los avances de Chile, han sido muchos, al menos en los números gruesos. 

Ya desde mediados de los noventa el logro que implicaba alcanzar uno de los resultados más altos de América Latina en el Índice de Desarrollo Humano fue notable. Ya, durante los noventa y hasta 1998, Chile había mantenido una alta tasa de crecimiento y había reducido la inflación y la cesantía a niveles históricos, más que duplicado los ingresos per cápita, y había disminuido la pobreza. 

Además, durante los años noventa se registró una preocupación creciente del Estado por grupos vulnerables como los adultos mayores, los discapacitados, los jóvenes y las jefas de hogar, lo que se tradujo en diversos apoyos estatales. Pero los cambios y avances no pararon ahí. En el año 2004 la expansión de bienes materiales explicada por el comercio exterior y los tratados de libre comercio aumentaron una sensación de optimismo hacia el futuro en términos de infraestructura, comunicaciones, acceso al consumo, entre otros. Chile era un país muy distinto que el de diez años atrás. Ese optimismo se complementaba con un menor temor al conflicto y con la sensación de que las personas tenían mayores libertades y más capacidades para demandar sus derechos. 

Desde 2009 se empezó a demostrar que la sociedad chilena gozaba de nuevas oportunidades económicas, políticas y culturales; por ejemplo, se habían registrado movilizaciones emblemáticas, como las de los estudiantes secundarios y los trabajadores subcontratistas, y el sistema democrático había evidenciado capacidad de procesarlas. 

El año 2010 en pleno año post terremoto empezó a destacar en encuestas la alta valoración de la sociedad chilena a la igualdad de género, el incremento durante las dos últimas décadas de la incorporación de la mujer al mercado laboral y su creciente presencia en las esferas del poder derivó en que el año 2012 se empezara a notar que en términos generales el bienestar subjetivo individual de los chilenos y chilenas era más bien alto, y que había experimentado una mejora significativa en el tiempo. 

Desde el año 2015 a raíz del proceso constituyente iniciado hubo un interés creciente de las personas por los temas públicos y la valoración de formas directas y horizontales de toma de decisiones. 

LA DESIGUALDAD

Un problema endémico el país fue que desde ya 1996 se advertía que el tema de la desigualdad en Chile, nos iba a hacer tocar fondo, al bajar varios lugares en la clasificación internacional, realidad que a 20 años de dichas cifras, no ha cambiado casi nada. Y no solo la desigualdad de ingresos, también las desigualdades de género y la territorial. Es que si bien Chile ha hecho avances en materia de igualdad de género en los últimos años, persisten algunos núcleos duros de desigualdad.

Nuestro país exhibe una de las tasas más bajas de participación laboral femenina de América Latina. 

A lo anterior se suma el cuadro político: En plena detención de Pinochet en Londres en 1998 en el informe de desarrollo humano de dicho año, se describía a Chile como “un país con un notable desarrollo económico, donde la gente no se siente feliz” 

Y es que en base a la percepción de inseguridad e incertidumbre en ámbitos centrales de la vida cotidiana como la delincuencia o la enfermedad, entre otros aspectos además del cuadro político se asomaba la crisis asiática que tantos empleos terminó por aniquilar. 

Así se inauguró la reflexión sobre el malestar en la sociedad chilena, un malestar que se asoció en parte a la erosión de los vínculos comunitarios y que corroboró la idea de que la integración sistémica no asegura por sí sola la integración social. 

Que las oportunidades comportan nuevos desafíos quedó muy claro en 2009, cuando las personas apreciaban mucho los cambios experimentados por Chile en los últimos años y, empezaban a dudar de que se concretaran nuevos cambios. 

Vinculado con ello, y junto con reconocer las nuevas oportunidades económicas, políticas y culturales en el país, diversos estudios analizaron la posibilidad que tienen las personas para obtener el mayor provecho de estas oportunidades a partir de las capacidades instaladas; entonces, la inercia en las “maneras de hacer las cosas” apareció como un desafío relevante. La tecnificación de las maneras de hacer las cosas pareció urgente en línea con un debate sobre la modernización del Estado que se había tomado los noventa.

El año 2011, el ciclo de manifestaciones sociales que surgió en todo el mundo como síntomas diversos de que otras dimensiones del desarrollo más allá de la económico, se han vuelto más importantes que nunca pareció abrir en el caso chileno, a un nuevo ciclo en que  las demandas de los ciudadanos enfrentando grandes intereses económicos, pareció darle un nuevo aire a la política chilena. Sin embargo el sistema institucional pareció no ser capaz de estar a esa altura y se mostró incapaz de procesarlas. 

El año 2018 el estallido feminista provocó un remezón importante en la cultura del país y un terremoto político, que salió del mundo universitario para tomarse la sociedad, y paradójicamente abrió un escenario de impugnación al paradigma del abuso existente, ya no sólo por el tema del lucro sino por el abuso hacia la mujer.

Actualmente en 2019 vivimos un periodo de crisis, marcado por episodios de corrupción que han atacado instituciones republicanas fundamentales.

PARA EL FINAL

La reflexión que se puede hacer al respecto es que el éxito económico, no es sinónimo de ausencia de tensiones o desafíos. Vivimos esta crisis en la confianza en las instituciones, partidos, iglesias, fuerzas armadas y poderes del Estado, momento propicio, el presente, para realizar cambios institucionales de fondo que NO pueden esperar. Y en dicho escenario las palabras decadencia parecen sonar más fuerte que nunca como lo fueron las pronunciadas por el poeta Vicente Huidobro en 1920: “Un país que apenas a los cien años de vida está viejo y carcomido, lleno de tumores y de supuraciones de cáncer como un pueblo que hubiera vivido dos mil años y se hubiera desangrado en heroísmos y conquistas. Todos los inconvenientes de un pasado glorioso pero sin la gloria. No hay derecho para llegar a la decadencia sin haber tenido apogeo”.

Y no pueden esperar porque la apuesta política en ése terrible escenario tampoco es nueva. Las masas populares hacia 1972 se dieron cuenta que la exacta sensación de que el problema no estaba en “el pueblo” sino en las autoridades que decían representar al pueblo, les hizo tal sentido, de que el avance económico y social, precisamente se frenaba por estar el pueblo amarrado al Congreso y a la Constitución, que fue así como en los propios pies de Allende, estalló la apuesta al “poder popular”, que se extendió de hecho sobre calles, fábricas, fundos y comunas y en breve plazo, ese mismo pueblo abatido y angustiado, cayó en derrotas, y una terrible dictadura. De ahí en adelante ya para gran parte de las generaciones es historia conocida.

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