Para un viejo comunicador, hablar de los diarios digitales o electrónicos, si se prefiere, puede resultar una blasfemia, una dura cachetada al periodismo duro, a ese de impacto, de combate, de trinchera. Sin embargo, el romanticismo de la noticia en papel se encontró con la realidad que significa la inmediatez que ofrecen los medios con presencia en la llamada red global.
En los 80 se habló de la globalización en ciernes. Y los vaticinios estaban en lo cierto. Fue a principio de los ’90 cuando los periódicos estadounidenses comenzaron una mutación que fue diseminándose a todo el mundo, sumándose a esta plataforma referentes como el “New York Times”, “Los Angeles Times” y el “The Washington Post”. En Chile, el primer paso lo dio el año 2000 “El Mostrador”, vigente hasta hoy.
La evolución fue vertiginosa. La realidad hizo que ninguno de los grandes conglomerados de medios ni los consumidores fueran indiferentes a este fenómeno, que traía consigo la “amenaza apocalíptica” de llevar hacia la extinción a los diarios impresos.
Los cambios fueron rápidos y sustanciales. Las nuevas tecnologías de la información y la comunicación (las llamadas TIC) se convirtieron en el soporte perfecto para decidir cómo producir y distribuir la información de forma fácil y con bajo costo en comparación con el proceso que necesita la prensa escrita.
Y ahí la disyuntiva: renovarse o morir en el papel. La sentencia de muerte de estos medios no ha parecido tal, aunque en rigor las cifras en cuanto a ventas están muy por debajo de lo que ocurría antes de la expansión digital. Basta con mencionar que a fines del año pasado, Copesa reveló que se se evalúa dejar la edición impresa para convertirse en un diario 100 por ciento digital.
Bajo ese mismo prisma, la mayoría de los periódicos (las radios y los canales de televisión tampoco se han quedado atrás), optando por sumar esta herramienta para tener presencia en la red y aminorar en algo el temor de perecer por no sustituir un antiguo modelo de negocios por otro cuya única base son las redes sociales.
Aún así, hay quienes echan por tierra el futuro esplendor de los diarios digitales, argumentando la poca calidad, credibilidad y comodidad. Sin embargo, lo anterior contrasta con el hábito de los nuevos lectores, que prefieren mirar a leer, a la curiosidad que a la espera, a mirar una pantalla que a pagar por 40 páginas. Basta compartir una infidencia, en base a nuestra propia experiencia: de 400 lectores en los dos primeros días, se pasó a 600 el tercero, 900 el cuarto y a 4 mil el quinto. Al séptimo día ya se superaba los 12 mil. Y sin más publicidad que un simple clic.

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